13 agosto, 2008

Una invitación de Kitano... ¿para mí? No, gracias

Menuda se lió con el jueguecito de marras éste. Takeshi no jousenchoo,

"la invitación de Takeshi", para que nos entendamos, fue el cartuchete
de NES con el que el esperpéntico actor/director/productor/humorista
trató de que se le quitaran las ganas de coger un mando a los viciados
habitantes de las lejanas tierras niponas. Considerado por la crítica como
"una mierda legendaria", las situaciones que tenía que pasar el jugador,
masoca como él solo, eran tan absurdas como desesperantes (esperar 1h
sin poder tocar ningún botón para avanzar, utilizar el mando de la NES
como si fuera un micrófono durante un karaoke cuyo reconocimiento de
voz fallaba más que una escopeta de feria...)

Efectivamente, el juego es un truñazo como una catedral, pero no exento
de encanto. Su estrambótica música me penetraba hasta el tálamo y sentí
unas ganas irremisibles de exterminar a todo cuanto se mueve por pantalla,
aunque sin saber muy bien con qué objetivo. En mi caso, a los 5 minutos ya
no sabía ni por donde tirar y el juego se ha quedado en donde nunca debió
de haber salido, aunque con gusto se lo habría metido al propio Takeshi por
el as de oros. ¡Misión cumplida, tío! Creaste un juego que a punto ha
estado de hacerme odiar este mágico mundo de la piruleta pixelada.

Qué más decir... Ni el pobre presentador de Game Center CX, programa
nipón underground que me lo descubrió, ni el mismísimo J. Rolfe perderían
siquiera un momento de su vida tratando de jugarlo en privado en lugar de
utilizarlo como plato principal de la merienda de negros en el que se ha
terminado convirtiendo. Takeshi, ni se te ocurra volver a hacer un videojuego, por favor te lo pido. La próxima vez que quieras demostrar al mundo tu odio hacia los videojuegos cuelga en Ebay tu colección privada o mejor aún, entiérralos en Aokigahara para que pueda encontrarlos en mi futura excursión a ese mítico bosque de los suicidios.

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