12 octubre, 2008

Otaku de dominio público



El día que salió a la venta en Japón Parodius Portable lo tenía marcado en el calendario. No sólo iba a reencontrarme con el grandísimo Super Parodius (SNES) sino que iba a poder disfrutar en plenitud de todos los Parodius publicados hasta la fecha en japolandia. Era enero de 2007, y en cuanto tuve una pausa en la oficina corrí a una de las maravillosas softo-ya de Shinjuku, donde todos mis sueños se hacían realidad, para hacerme con una copia.

De Parodius recordaba, aparte de las mastodónticas mujeres que en ocasiones aparecían como "monstruos" finales, las absurdas naves espaciales (mi favorita siempre fue una conejita subida a un torpedo) y los cachondos decorados que había que atravesar con ellas. Si jugando solo ya me lo pasaba teta, cuando las partidas eran de dos jugadores aquello se convertía en el armagedón de la diversión (y sin haberlo pensado, me ha salido un pareado).

Parodius Portable estaba hecho, sin embargo, para goce y disfrute del onanista videojueguil. De sus cinco títulos me llamaba especialmente la atención el Jikkyo Osshaberi Parodius, que tenía la particularidad de estar locutado. Un abuelete comentaba la partida en plan gracioso, pero sin alcanzar las cotas de genialidad del Iñaki Cano de los PES ("Horroroso", que habría dicho él). La cuestión es que el jueguecito, con homenaje al Tokimeki Memorial incluido, viciaba cosa mala, con lo que la PSP acabaría por convertirse en mi compañera de viajes. Antes no la sacaba de casa porque pavor me daba que se me cayera al suelo y desapareciera en el mar de pies que inunda los trenes a cualquier hora del día (en Japón, más que con los manguis, hay que tener cuidado con las aglomeraciones y derivados, como las estampidas humanas).

Heme pues en un tren, aislado del mundo con mis cascos y mi PSP, jugando enfermizamente a Parodius durante el trayecto de hora y pico que tenía del curro a casa. Mis pulgares echaban fuego, dada la intensidad de la partida. A punto de llegar a mi destino, levanto por primera vez la vista de la pantalla y descubro a varios japoneses mirándome. Hasta aquí nada raro, ya que ver a un occidental por aquellos lares era como toparse con un negro en Groenlandia, algo digno de inspección. Pero había algo más en sus miradas que simple curiosidad. Haciéndoles caso omiso, me quité los cascos y seguí jugando un ratito más... para entonces descubrir que lo único que se oía en todo el tren era el sonido de mi pulgar apretando frenéticamente el botón de disparo.

Según la línea de tren que se coja en Japón, uno puede encontrarse con auténticos vagones -biblioteca, como aquél en el que yo viajaba ese día. A la prohibición general de hablar por teléfono se le une la modorra general que impera en el interior de los trenes, donde la gente conversa mínimamente (es posible que para preservar su privacidad) y prefiere enfrascarse en su lectura o simplemente echarse un sueñecito. En aquellas condiciones, un gaijin había estado jugando a un shooter portátil, taladrando a los viajeros inconscientemente con el ruido machacón de botones durante más de una hora. Entonces comprendí el porqué intrínseco de sus miradas. Encima que nos sobran frikis enloquecidos, los importamos, parecían pensar.

No volví a sacar la PSP de casa nunca más.

2 comentarios:

Roy Ramker dijo...

El Parodius es sencillamente brutal, para mi uno de los grandes juegos, diversión, calidad y acción juntos en un mismo juego, imprescindible!

Ctharl dijo...

A mi lo que me enganchó a Parodius desde el principio fue el humor, los pingüinos y los pulpos. Eso con los detalles que hay en todas las pantallas, y esos toques picantes. Además de las versiones de música clásica que hay en cada pantalla.

Otra cosa es que uno de los que comentas, también salió locutado en la Super Nes. Yo que me sorprendí bastante con el opening cantado de Tales of Phantasia con este, en que el comentador no se calla ni un momento, me cagué. No sabía que cabían tantas voces en un cartucho de esos.

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