Mostrando entradas con la etiqueta Panzer Dragoon. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Panzer Dragoon. Mostrar todas las entradas

09 septiembre, 2008

La cúspide del RPG en los 32 bits


Varias veces, por caprichos del destino, se me han velado juegos tan buenos que han llegado incluso a cambiar la vida de algunas personas. Juegos de una belleza y factura sublimes a las que en su día no les acompañó la maquinaria industrial y propagandística. Juegos que, finalmente, tuve a mi alcance por una serie de felices casualidades. Desde que cayeron en mis manos me han hecho ver muchas cosas de una manera diferente.

Hubiera sido muy triste abandonar este mundo sin haberlos descubierto. Si fuera un reo condenado a muerte, es posible que mi última voluntad fuera clamar justicia por ellos antes que por mí. Todavía me amarga saber que, al igual que existen joyas que he podido disfrutar casi de milagro, existen otras tantas de las que nunca llegaré a oír hablar siquiera. Me las perderé de la misma manera que me he perdido tantos libros y películas buenas que han pasado desapercibidas para el gran público por la negligencia o ignorancia de quienes controlan el cotarro informativo.

Entre ese gran público me encontraba yo hasta que, por aquello que fue una mezcla de fetichismo y audacia, decidí ahondar en el recóndito pasado de mis consolas favoritas para descubrir toda la verdad acerca de ellas por mí mismo y no por experiencias de terceros. Empecé por la Sega Saturn y su variado catálogo de juegos de rol. Lejos de intentar empezar la casa por el tejado con juegos de serie Z, decidí probar Azel, título de calidad aclamada por los que antaño consideraba segueros extravagantes perdidos en el ciberespacio. Cual exiliados que predican en el desierto, quienes aseguraban que Panzer Dragoon RPG era mejor que el mismísimo Final Fantasy VII siempre existieron y se granjearon más detractores que defensores, a pesar de ser unos visionarios parejos a quienes se compraron ICO con el Metal Gear Solid 2 recién estrenado.

Yo siempre he sido neutral, y me maravillaba la pasión con la que defendían a este juego. Llegó el día en que no pude con tanta perplejidad y me agencié una copia japonesa, la única que mi bolsillo se podía permitir. Después de 30 horas inolvidables, este Panzer Dragoon se convertiría en el tótem de mi tribu de RPGs, justificando de sobras su estatus de título fetiche y de culto.

La paleta de tonos ceniza y terracota de la Saturn me había sumergido en un mundo que respiraba vida órganica remota, donde especies pretéritas trataban de sobrevivir al plan que pretendía subyugarlas para dominar sus secretos. Los mecanismos de defensa del planeta trataban de impedirlo por medio de un sistema de contraataque a agresores cuyas piezas angulares eran unos dragones. Y el prota, Edge, luchaba por averiguar qué era lo que realmente estaba pasando a lomos de uno de ellos. Edge y su montura fueron artífices de un sistema de combate que mezclaba detalles de los shooters con características generales de los RPGs por turnos; un sistema que, por bizarro que parezca, hizo historia.

De la mano de unos personajes secundarios grandiosamente definidos, dotados de muchas líneas de diálogo hablado (algo que para los 32 bits era el acábose) y una estética inconfundible, conseguí abstraerme como no había hecho desde los días en que, curiosamente, jugué a Final Fantasy VII. La partida a Azel se me hizo, como era de esperar, dolorosamente corta. Y eso que le dediqué más tiempo que el que le correspondía al rejugarlo en su mayor parte, puesto que perdí mis avances cuando ya me había pasado medio juego (la pila de la Saturn que permitía almacenar datos se me gastó cuando menos debía, la muy…).

Panzer Dragoon RPG tiene, además, un encanto inefable que lo hace particularmente especial. Su música, la combinación de elementos artísticos, el ritmo argumental… Cualquier detalle, por pequeño que parezca, está estudiado al milímetro y conforma un todo alucinante. Ningún remake que le puedan tributar tendrá jamás ni la mitad de magia que su entrega original. Lo que consiguió en su día en el plano técnico y jugable fue impactante, pero aún lo es más que en plena era HD dejara su huella en un jugador tan exigente y criticón como yo (lo acabé en mayo de 2007). El título cumbre de la Saturn fue también el título cumbre de mi lista de RPGs favoritos, y seguirá por siempre ocupando un lugar privilegiado en ella… y en mi memoria, si es que aún la conservo cuando sea un viejales.

Leer más...

18 agosto, 2008

El hijo bastardo de la saga Panzer


Como ferviente seguidor de los Panzer Dragoon, pequeñas joyas que nos legó Sega en su fallida etapa como fabricante de hardware, no podía quedarme sin probar Panzer Dragoon Mini, juego de Game Gear al que se le hizo un espectacular vacío en tierras niponas por motivos que aquí trataré de explicar (si no me da un derrame cerebral en el intento).

Controlando el dragón emblema de la franquicia (con dos variantes de color heréticas, a la elección del jugador), hemos de recorrer una vez más un caótico mundo de reliquias orgánicas y mecanismos de defensa naturales que salvaguardan la integridad del planeta. La ambientación, muy lograda en las entregas de Sega Saturn (la repanocha en Xbox), se ve reducida en Game Gear a la mínima expresión, alcanzando una pobreza indigna incluso de programas para consolas Atari. Escenarios simples, desolados... salpicados sólo de los sprites típicos de la serie, que en ocasiones no merecen ser declarados legítimos por la vagueza con la que están diseñados.

La mecánica es sencilla: mover el objetivo que representa la mira del dragón, y en el rocambolesco caso de cuadrarlo con un enemigo, tratar de derribarlo. Digo rocambolesco porque el comportamiento de los disparos del dragón es bastante errático, aunque podéis estar tranquilos, que esto no supone inconveniente alguno para pasarse el juego. Todo cuanto aparece ante el dragón se esfuma en cuestión de segundos, y los rayos y bolas que los bichos perversos te lanzan a quemarropa son más fáciles de esquivar que una pelota de playa. Luego nos encontramos con la paradoja de que los jefes finales (que suelen aparecer con un cambio a scroll lateral) ocupan casi toda la pantalla y son lentos con ganas, por lo que únicamente en estos combates (a priori los más difíciles) fallar un tiro sería como no meter canasta a un centímetro del aro.

Otro detalle que encumbra al juego más aún si cabe es la ausencia total de estadísticas: al acabar una fase no nos indica puntuación, porcentaje de rivales derribados... ¿para qué? ¿A quién le interesa saber esto si nadie va a tratar de batir sus propios récords después de haber sufrido un bodrio como éste?

Al menos, sus creadores fueron honestos con ellos y con el público. Como se trata de un juego maloso, hagamos ver que no existe desde su mismo lanzamiento, pensaron. Resultado: conseguir una copia original de Panzer Dragon Mini es misión casi imposible. Tanto, que corre por ahí una leyenda urbana que dice que ni siquiera los miembros del Team Andrómeda se quedaron con la que les correspondía... aunque no es difícil imaginarse el por qué.

Leer más...